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"Llabor" de Ricardo Villoria en Oviedo

© Ricardo Villoria

Nuestro antiguo alumno del Curso Básico de Creación de Vídeo y artista consagrado del panorama actual, inaugura este jueves 13 de febrero a las 19.30 horas en la Sala Borrón de Oviedo, su exposición LLABOR, una instalación multimedia con pintura, fotografía y vídeo.
En esta exposición, Villoria se adentra en sus orígenes para mostrarnos un retrato del entorno que le rodea y le sirve de inspiración.

Ricardo Villoria es un artista asturiano nacido en Villoria (Pola de Laviana) en 1986. Tras destacar en la rama artística estudia Gráfica Publicitaria en Oviedo, donde comenzará a desarrollar su creatividad a través del diseño gráfico. Tras su paso por Londres y Madrid, amplía su abanico artístico a otras disciplinas como la pintura, la fotografía, el vídeo o la moda.

Para Chus Neira, comisario de la exposición, “…el relato que sobre Asturias y la minería trae Ricardo Villoria a la exposición “Llabor”, es el del propio artista como vecino, hijo y miembro de esa comunidad rural superviviente a los procesos industrializadores”.
“El sábanu, el gomín o la matanza”, concluye el catálogo de esta muestra,  “son la Asturias anterior, esencial y perpetua; el trabajo manual en la zona rural como paradigma al que regresar tras el colapso postindustrial. El que lo retrata, Ricardo Villoria, “expía la culpa” de su propia sensibilidad artística presentándose como un trabajador capaz (cámara, fotógrafo, diseñador) que elabora productos cuyo valor reposa en el dominio de determinadas destrezas. Tras el relato minero está una ética del trabajo que parte de la estética pero que recorre, también, la autoficción y el falso documental para llegar a la pregunta clave: ¿Quién soy?”.

 

LLABOR from Ricardo Villoria on Vimeo.

 

Os compartimos a continuación el texto completo del comisario, donde nos introduce de una forma más detallada en el universo del artista:


Llabor
Ricardo Villoria
La construcción del relato en las Cuencas Mineras


El sábanu para andar a pación transmutado en gran lienzo es la reconversión artística de los trabajos manuales de la sociedad rural asturiana. Hay en esa transformación una reflexión sobre el hecho artístico contemporáneo y su vincula-ción al territorio. Hay otra más, relativa a lo que fueron y son las Cuencas Mineras. Pero el tercer nivel, el que singulariza el relato que sobre Asturias y la minería trae Ricardo Villoria a la exposición “Llabor”, es el del propio artista como vecino, hijo y miembro de esa comunidad rural superviviente a los procesos industrializadores.

Cuando Ricardo Villoria coge un gomín para colgarlo en una de las paredes de la sala, cuando selecciona telas, útiles y herramienta, no opera exactamente el mismo proceso distanciador del ready-made clásico. Es cierto que hay resignifi-cación en el desplazamiento del objeto del mundo rural minero al espacio expositivo y su consiguiente connotación artística, pero el vínculo íntimo, familiar, del artista con esos materiales, imposible de romper, les confiere una nueva cualidad: Son representaciones de un autoextrañamiento, que atañe tanto a la identidad del artista como al mundo referenciado.

Sucede lo mismo con la serie de fotografías y con los elementos audiovisuales que completan “Llabor”, su primera exposición individual. Detrás del relato sobre las Cuencas Mineras se esconde una ética del trabajo manual que acaba conformando una estética y condicionando las formas de la expresión artística. Criado en un mundo donde las labores del campo y de la casa marcan el calendario, donde las tareas están encaminadas a un fin concreto y a la elaboración de determinados productos, Villoria “expía la culpa” de haber asumido su propia sensibilidad artística y haber hecho de ella su eje vital con el empeño en desarrollar la maestría en estos trabajos. Así se explican sus inicios en el diseño gráfico o su especialización, hasta la excelencia, en ocupaciones técnicas muy concretas, como la composición y maquetación de textos. Pero, también, su empeño en el dominio de los nuevos soportes por los que se ha ido interesando, para li-brarse de colaboradores y exhibir un dominio autosuficiente, por ejemplo, de la fotografía en blanco y negro o la real-ización fílmica, como se puede ver en algunas de las piezas expuestas.

El sábanu, pues, el gomín o la matanza son en parte un homenaje a las labores del campo, al trabajo manual en la zona rural asturiana como paradigma al que regresar tras el colapso del mundo postindustrial; como la Asturias “anterior”, esencial y perpetua a la que abrazarse en medio del desastre. El que la retrata, y esa es la otra parte del homenaje, camu-fla ante los suyos su identidad de artista para presentarse, ante todo, como el cámara, el fotógrafo o el diseñador. Es decir, un trabajador capaz, que elabora productos cuyo valor estético también reposa en el dominio de determinadas destrezas. Un arte, en fin, bello y humano en el sentido machadiano, el de “a la ética por la estética”.

Esa ocultación de la identidad del propio artista y su condición enlaza, por último, con otro aspecto de la carrera de Villoria que, si no es esencial en “Llabor”, sí lo ha sido antes, parece que lo será después y acaba por colarse irremedia-blemente en la muestra. Es su interés por la construcción del personaje, el disfraz y el juego de las identidades, tan frági-les en esta época de perfiles falsos y deepnudes. Ricardo Villoria posee, en esa línea de trabajo, sonadas polémicas y reconocimientos varios. Como diseñador, ha jugado a la confusión con la identidad sexual o la idoneidad de los mo-delos retratados en sus carteles (travestismos para anunciar un festival de arquitectura en 2014 o neorrealismo existen-cial para las fiestas de San Mateo en 2017). Como diseñador de moda, su proyecto Petra Von Kant y su desfile en Madrid en enero de 2019 logró auparse a las listas de las tendencias genderless más destacadas en las revistas especiali-zadas nacionales. Aquí, en “Llabor”, juega a alternar fotografía documental y falso documental con un tono menos estridente, retocando el estilismo de vecinos de las Cuencas que posan disfrazados de sí mismos, sirviéndose de mode-los para construir prototipos esenciales de ese mismo territorio o jugando a la apropiación cultural de piezas importadas de otros contextos. La ficción, nuevamente, puesta al servicio de una verdad más esencial que la retratada con el mero registro documental de la realidad, pero generada desde ese contexto real por un autor que pertenece a ese mundo y con “actores” sacados de ese mismo entorno. Un arte documental autoficcional que pretende superar en capacidad poética reveladora al arte documental. Al final, el propio Ricardo Villoria, camuflando su apellido con el nombre del pueblo donde se crio, acaba por reconducir las estrategias de ocultación y truco a la pregunta clave: ¿Quién soy?

Chus Neira
Enero de 2020

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