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Entrevista a Juliano Ribeiro Salgado. "La sal de la tierra"

Anonimo (no verificado)
Foto: Sebastião Salgado   Nació en París hace 40 años. Es usted realizador de documentales y su primera película, SUZANA, para Arte, aborda el uso de minas antipersonales en Angola. Es un tema que le hubiera gustado tratar a su padre... Desde luego. En aquel momento yo tenía 23 años. Iba a ser padre por primera vez y tenía que trabajar. Así que dejé la facultad de derecho porque comprendí que no quería pasarme la vida sentado detrás de una mesa. Supe desde pequeño que mi padre tenía una profesión fantástica; viajaba por el mundo y era testigo de grandes acontecimientos. Siempre había gente en casa para hablar de esos acontecimientos. Yo los escuchaba y, sin darme cuenta, me fui interesando por los temas geopolíticos. Quería salir al mundo y comprenderlo, y sin saber muy bien cómo, intentar transmitir lo que iba a aprender y descubrir. Empecé a trabajar para Canal+, y para el canal brasileño Globo. Realicé mi primer cortometraje, SUZANA, en 1996. Fui con mi padre a Angola pero no pasé mucho tiempo con él. Mi padre hacía fotografías y yo filmaba. Y a partir de ese momento comprendí que íbamos a tomar caminos diferentes. Después fui a Afganistán, a la antigua Yugoslavia, y a Brasil donde tuve la oportunidad de estar con mi abuelo en su rancho. Entonces tenía 96 años. Lo filmé y aparece en LA SAL DE LA TIERRA. De pequeño, de forma casi subconsciente, quería tener la misma vida que mi padre. Solía estar ausente, volvía de países peligrosos, encabezaba denuncias... Para mí era un estilo de vida "normal". Salvando las diferencias, y a mi manera, quería seguir sus pasos. ¿Su padre le animó en las primeras etapas de su carrera? Sí, confió siempre en mí, casi de forma temeraria. Por ejemplo, ¡mi plan de ir solo a Afganistán le pareció fantástico! Por el contrario, mi madre estaba muy preocupada. Pero ella había elegido acompañar a mi padre en sus peligrosos viajes a escenarios de guerras, así que lo aceptó. Tuve la inmensa suerte de iniciar muy joven mi carrera de documentalista. Cuando estaba en casa, las relaciones con mi padre, ese héroe distante, no eran siempre fáciles. En mi adolescencia nos distanciamos. Y o seguí mi camino, hice algunos documentales y después me trasladé a Londres para ir a la escuela de cine. En ese momento nuestros caminos tomaron direcciones muy diferentes. En 2004 se embarcó en Génesis, su último proyecto a largo plazo. La búsqueda de paraísos vírgenes le llevó ocho años y me pidió que le acompañara. No las tenía todas conmigo porque no sabía cómo encajaría mi trabajo con el suyo. Pero nuestro primer viaje fue increíble. Nos llevó a Brasil, al corazón de la Amazonia, a 300 kilómetros de la ciudad más cercana, para conocer a una tribu aislada, los Zo’é, con los que estuvimos un mes. Esas gentes siguen viviendo en la era paleolítica. Lo viví como un privilegio, un momento suspendido en el tiempo. Y surgió un diálogo entre mi padre y yo; o más bien, resurgió. Después fuimos a Papúa Nueva Guinea, a Irian Jaya, para estar con otra tribu aislada, los Yali, y después viajamos a Wrangel, una isla en el Círculo Ártico, habitado por morsas y osos polares. Durante esos viajes, hablamos de cosas de las que nunca habíamos hablado. Fue entonces cuando comprendí la finalidad del material que había estado filmando desde que empecé a acompañarle. Cuando mi padre vio los primeros montajes que había hecho con las imágenes se emocionó muchísimo, hasta las lágrimas. ¿Fue entonces cuando se le ocurrió contar con el punto de vista de un outsider para darle más fuerza a la película? El proceso ya había empezado. Ya había películas sobre Sebastião, sobre otros fotógrafos. Pero me pareció que hacer una película sobre un fotógrafo tenía sus limitaciones: un hombre se prepara para tomar una foto y la historia acaba cuando la toma. Salvo si hace una segunda, y después una tercera, y así sucesivamente. Así que no me parecía un enfoque acertado. Esta película debía surgir de la propia historia de Sebastião: de sus experiencias, que ha compartido con pocas personas; del hecho de que durante 40 años ha vivido situaciones extremas, y ha sido testigo de cómo la humanidad se enfrentaba a acontecimientos terribles. Explorando su historia, sus recuerdos, llegaríamos a plantearnos esta pregunta: ¿qué cambia a un hombre? ¿Qué cambió a Sebastião Salgado? Yo sabía larespuesta. Le había visto vivir con los indios y con el pueblo de Papúa. El se mezcla entre ellos y no los juzga. Se pone a su mismo nivel, y seguramente se debe a que él también viene de un pueblo diminuto y muy violento de un lugar remoto de Brasil, aislado del mundo. Creo que la gente a la que fotografía se da cuenta de la benevolencia de su punto de vista. Me paré a reflexionar sobre lo que pasó entre ellos y Sebastião antes y después de hacer las fotos y sobre cómo esos intercambios pueden enriquecernos. Me refiero a nosotros, los que vivimos en nuestras sociedades privilegiadas e indiferentes. Esa era la película. Pero para que tomara forma, necesitábamos a alguien que no fuera yo, menos implicado que yo, que pudiera hablar libremente a Sebastião, para abordar lo que debía ser la esencia de la película. En otras palabras, mostrar la evolución de su mirada a través de los años, todo lo que pudiéramos aprender de su carrera, de forma militante -aunque sé que a él no le gusta esa palabra- ya que es cada vez más consciente de que sus fotografías pueden, en cierta medida,cambiar la vida de la gente a la que fotografía.   ¿Fue entonces cuando pensaron en Wim Wenders? Wim Wenders era la persona ideal. Ya conocía el trabajo de Salgado, y se habían vistos unas cuantas veces. En ese momento, Wim ya estaba dándole vueltas a la idea de hacer una película sobre Sebastião. Nos vimos muchas veces, hablamos muchísimo, así que era lógico que decidiéramos hacer juntos esta película. No sólo entendía el proyecto, sino que además se implicó y se comprometió totalmente con él. Fue maravilloso ver cómo respetaba la intimidad de este proyecto, pero añadiendo un gran número de elementos esenciales, aportando su propia sensibilidad, su talento en términos de imágenes.   ¿Cómo dividieron el trabajo? Le enseñé a Wim lo que había filmado durante los viajes con mi padre. Le expliqué cómo creía que había que vincular esas imágenes con la trayectoria de Sebastião para que pudiéramos aprender de su testimonio, sus recuerdos, de las situaciones que vivió. La estructura de nuestra película surgió de estas conversaciones. Pero yo me veía incapaz de hacer el trabajo con suficiente distancia. Así que Wim Wenders se encargó de dar forma a la historia de un hombre hastiado del sufrimiento que había fotografiado, que lleva en el alma las cicatrices de lo que ha visto y experimentado y que afirmó: “Después de trabajar durante años en campos de refugiados, he visto tanta muerte que yo mismo me sentí morir”. Al principio, pensé que Wim y mi padre se sentarían a hablar en una mesa. Pero no fue así. Trabajar con un gran artista como Wenders cambia las cosas, y lo que hizo es enfrentar visualmente a Sebastião con sus recuerdos. Fue una idea mucho más inteligente. Al final de esas confrontaciones tan fructíferas, nos encerramos año y medio en la sala de montaje. Eso nos permitió eliminar algunos hilos narrativos complicados, y ser más sencillos y directos.   Susan Sontag hablaba de la "inautenticidad de lo bello” en el trabajo de Salgado. ¿Cómo responde a eso? El reproche de Sontag encierra dos aspectos: la supuesta fascinación que la pobreza -o la muerte- ejerce sobre el fotógrafo, y el hecho de que los sujetos no están identificados adiferencia del fotógrafo que recoge las alabanzas a costa de ellos. En su crítica, Sontag también denuncia el cinismo de los medios que encargan y publican estas fotografías. La verdad es que no me parece justo asociar a Salgado con esas críticas. El pasaba semanas, a veces meses, en países devastados, a los que acudía para dar testimonio de lo que ocurría. Necesita crear una relación con la persona que va a fotografiar, y dice que al final el sujeto es el que le "da" a él la foto. Lo que le guía es la emoción, la empatía. Y ese aspecto se refleja muy bien en la película.   Su madre, Lélia, tenía 17 años cuando conoció a su padre. Siempre ha sido el ancla de su vida. ¿Se implicó mucho en LA SAL DE LA TIERRA? Lélia no se implicó directamente en la película, y en cierto sentido, se podría decir que Sebastião tampoco se implicó. Confiaron totalmente en Wim y en mí. La historia de Lélia y Sebastião es muy larga. Siempre han tomado las decisiones juntos, y LA SAL DE LA TIERRA pertenece a ambos.   ¿Qué significa para usted regresar al rancho de la familia, teniendo en cuenta el enorme proyecto de rehabilitación que han emprendido? ¿Una misión? ¿Una utopía? ¿Un futuro? Nadie se lo acababa de creer, ni siquiera yo, teniendo en cuenta el estado en el que estaba el rancho y la devastación del paisaje que lo rodeaba. Al principio se trataba de un proyecto modesto. La idea era replantar unos cuantos árboles alrededor de la casa familiar a  donde regresaríamos para pasar las vacaciones. Pero mis padres no saben hacer las cosas a medias y una vez más se entregaron en cuerpo y alma al proyecto. Se suponía que el proyecto iba a limitarse al ámbito familiar, pero de repente se convirtió en un compromiso ecológico monumental y acabaron diciendo: "Bueno, de hecho vamos a replantar toda la selva”. Crearon el Instituto Terra, que se ha convertido en el mayor empleador de la región. Ya han plantado 2,5 millones de árboles en el antiguo rancho de mi abuelo que ahora esuna reserva ecológica, y se va a plantar otro millón en los alrededores. Es una locura de proyecto, enorme y espectacular.   Está preparando su primer largometraje de ficción. ¿Nos puede hablar de él? Está ambientado en Brasil, en Sao Paulo. Estamos escribiendo el guión, pero será un thriller psicológico alrededor de un tema de gran calado en la sociedad brasileña: el ascenso social.     (*)Juliano Ribeiro Salgado  nació en 1974 en París, donde creció en un ambiente francobrasileño. En 1996 realizó su primer documental para Arte, Suzana, sobre el uso de minas antipersonales en Angola. Después hizo otros documentales en Etiopía, Afganistán y Brasil. Además, realizó reportajes de noticias para Canal+ en Francia y para Globo Televisión en Brasil. Después Salgado asistió a la Escuela de Cine de Londres donde se graduó en 2003. Juliano Ribeiro Salgado ha realizado varios cortometrajes y documentales para la televisión francesa. Su película de 2009, "Nauru, una isla a la deriva", realizado para la unidad Grand Format de Arte, fue seleccionada para participar en numerosos festivales internacionales (Hot Docs en Toronto y Festival Dei Popolo en Florencia). Ahora trabaja en su primer largometraje que se rodará en São Paulo, Brasil

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